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Caminabas por la calle de Carranza. El viento fresco del verano hacía que contrastara tu falda con los torneados muslos que sostenían el cuerpo que por tanto tiempo había visto pasar entre la gente.

“¡Chíngale con la carne, deja de estar pendejeando!”, me gritaba mi pinche patrón cuando me veía haciendo nada.

Todas las tardes, mientras preparaba el trompo para los tacos al pastor, tú salías de trabajar y pasabas por el local. Yo sólo esperaba ese momento para que mi vida tuviera sentido. Soñaba despierto con tomar tu mano, y ofrecerte unos al pastor con todo lo que llevan: cilantro, cebolla, limón, salsa. Un refresco, servilletas completas, jabón en el lavamanos, atención total.

“¡Ora wey!¡Qué no te pago por pendejear!” Pinche patrón.

El aroma desgastado de tu perfume se perdía entre los aromas y vapores de la carne a medio cocer, la cebolla recién picada y el cilantro puesto a remojar. Yo asomaba mi nariz buscando algún resabio de tu olor, y sólo me encontraba con el humo de los autobuses que nada conocían de amores imposibles.

Seguía tu recorrido hasta la parada del autobus en donde te sentabas a esperar el que te conduciría a tu hogar, al descanso, a la tranquilidad. Anhelaba con acompañarte hasta la puerta de tu casa, y recibir un ósculo tímido de ti. Sentir tu cuerpo temblar mientras la bolsa del pan que llevabas se agitaba y cuidabas las campechanas que acababas de comprar.

“¡Te vuelvo a cachar pendejeando y te largas, webón!” Pinche patrón ojete.

Nunca caminabas por la acera del local, siempre en la opuesta. Te miraba y te miraba y deseaba tanto perder el miedo y salir corriendo tras de ti, suspirar al mirar tus ojos y perderme entre tu cabello, decirte los versos de Neruda que cada noche memorizaba para ti. Ofrecerte mi vida, todo lo que tengo y lo que soy.

Hasta que un día ocurrió.

Gracias a la incompetencia de los organismos de agua potable, se tronó una pinche toma y tuvieron que levantar toda la acera por la que caminabas. Al mirar eso supe que sería mi oportunidad para decirte los versos más tristes de la noche, ofrecerte mi corazón como taco de pastor. Inclinarme ante tus pies y decirte cuanto deseaba que esta noche caminaras por aquí.

Pasaste por fin, a la hora acostumbrada. Cruzaste la avenida para no caminar entre el escombro. Te dirigiste hacía la taquería, donde yo, ansioso, te esperaba.

“¿Ton´s que mi reina? ¿Cuándo vamos a matar el oso a puñaladas?” fue lo único que salió de mi voz garraspienta y grasosa. Tú sólo me miraste con desdén. Supe que te había perdido para siempre.

“¡Orale cabrón! ¡Ya te dije que no estés pendejeando!” Pinche patrón de mierda.

Una rolita.

¿Cuántos “tributos” hemos escuchado? Desde los mas garras, como uno que salió para Chabuelo, hasta algunos dostres librados… como esta rolita, original del grande Rockdrigo González, e interpretada por Los Rastrillos acompañados por la voz y presencia incomparable de Iraida Noriega.

Está chingona.

Por ahí sale la Amandititita, antes de ser superfamous y aparecer en Telehit y la chingada.

Este post se redacta horas antes del que será el último juego de Hugo Sánchez al frente de la puta Selección Nacional, de la cual más que Director Técnico, fungió como padrote, caifán o chulo del que se supone es el equipo que representa a los millones de mexicanos que, antes que saber hablar, aprendimos a patear un balón.

Lo del preolímpico es únicamente la constancia de que el pendejo mamón ese no tiene ni puta idea de lo que es dirigir a un equipo de fútbol. A él que lo dejen de vocero, onda Martita Sahagún, y verán como la sigue defecando chido… pero sin hacer que a la Selección se la empinen tan gacho.

¡¡HUGO, CHINGAS A TU FEA MADRE!!

 

hugo sanchez

Y me saludas a nunca vuelvas, culero.

Duda existencial.

“Lo que pasa es que yo ya entendí que pedo: tenemos que hacer billete, un chingo de billete, para eso estudiamos y para eso vivimos”.

Las palabras lacrantes de mi amigo me resonaban en los pinches oídos como si me hubieran ensartado un cotonete con líquido de batería en los mismos (los oídos).

“Y tú sigues pensando en otro pedo, sigues con tus pinches romanticadas y mamada y media. No mames, tienes que agarrar el pedo, la neta es esa: billete y más billete. ¿O qué?, ¿Vas a llegar a los treinta y sin tener ni madres, ni una casa, ni una inversión bancaria?”.

No, pues si. Con pedos pago la renta. Al banco sólo voy cuando tengo que pagar algún pinche recibo. ¿Seré parte de esa generación que no tiene ni madres?. Aún me falta un rato para llegar a los treinta, pero changos. Este wey ya me puso a pensar.

“Si no consigues ni madre antes de los treinta, olvídate de todo cabrón, porque ya no vas a poder hacer nada”.

Chale. ¿Neta?. Na. ¿O si?. Puta madre.

Chale, chale.

Estaba comiendo unas pinches gomitas en la escalinata de la biblioteca. Hasta la madre de leer mamadas de técnicas de investigación, me propuse un pinche descanso. No pase de la quinta gomita cuando un ruco se me acercó.

“May, alivianame con una feria y te doy la respuesta del porque de la vida”

No mames pájaro, pensé. Que chingados va a decirme este ruco de la verdad de la vida. Ya había leído un chingo de mamadas y ninguna de ellas me conducía a la verdad tan buscada.

“A ver, un adelanto, para ver si vale la pena” le dije, tanteando también que no me fuera a querer dar baje, de jodido, con mis pinches gomitas.

“Cámara, mira, la verdad de la vida está más cerca de lo que piensas. Vas por la vida buscando satisfacer los más elementales deseos, sin darte cuenta del pedo de verdad”.

Me sonó a pinche discurso mío cuando ando en motita, pero lo raro era que el ruquito no se veía panque para nada.

“¿Cuánto quieres?” le pregunté, a lo que me contestó sonriendo: “¿Cuánto vale para ti la respuesta del porque de la vida?” Puta madre. Resulta que va a quererme dar baje con una feria, esas pinches preguntas cacsiosas siempre me han puesto en la madre. Ni pedo. Busqué en mis bolsillos y saqué como cuarenta varos, una pinche moneda de dos francos que traigo desde hace como seis años y la llave de mi coche.  Abrí la palma de mi mano y le enseñé lo que traía.

Él me contestó: “Dame las gomitas y diez varos y te suelto todo”. Chale, chale. Las pinches gomitas eran mi provisión de azúcar para seguir leyendo, pero ni pedo, a esas alturas me intrigaba sobremanera lo que el ruco tenía que decir. Le solté las gomitas y tomó los diez varos, y efectivamente, despepitó:

“El porque de la vida es muy fácil carnalito. ¿Has bebido cerveza en un atardecer de verano, con el pinche sol en la jeta? ¿Has cogido con una morrita que quieras harto, un domingo por la tarde en un cuarto sin más que la cama, sudando hasta que te quedes pegado al vientre de ella? ¿Has comido barbacoa un domingo por la mañana, con amigos que te hagan reír hasta llorar? ¿Has caminado por la calle sin prisa, mirando los ojos de quien se cruza en tu camino? Si has hecho eso, ya vas encontrando el porque de la vida… en cambio, si te la pasas en joda trabajando y buscando acumular feria y ser muy chingón, ya te atoraste. Luego platicamos”.

Ruco cabrón. “¿Y la respuesta?, nomás me chingaste mis gomitas”. “Esa es otra cosa que debes de hacer para encontrar el porque de la pinche vida: compartir. Si quieres, mañana nos vemos y seguimos parlando, pero traes otra cosa de comer”.

Dio la vuelta y siguió su camino. Yo me quedé mirando al cielo, dejando que el sol me cubriera un rato. Creo que ya voy agarrando el pedo.

Si, ya se que les vale pura pinche madre, pero no hay pedo. Teclear de nuevo en este espacio es algo que sólo comparo, por el momento, con chingarme a las primas del Maurus.

Por el momento, anuncios rápidos:

- Gracias a quienes siguieron visitando esta mamada de blog, pese a que no se actualizaba. Les daría una explicación, pero la neta, les vale madre.

- A la banda pacheca que sigue en sintonía (Willie, Asrael, Elmer, Mr. Mono, el pinche Richmon pérdido, et al), gracias por sus vibras, culeros :)

- Willie, si te pago carnal. Neta que si, nomás aguanta y mantén abierto tu pinche blog.

Estamos en pleno contacto sideral.


Spock!

Vincent, de Tim Burton.

¿Qué chingados tiene en la mente Tim Burton? ¿Vampiros colgados de las patas, calaveras que bailan, árboles que se mueven al ritmo de un viento que canta, novias que no mueren y esperan a su prometido? Sólo él sabrá.

Pero lo que hay que agradecerle es que exteriorice sus pensamientos e imaginaciones, para regalarnos joyitas como Vincent, de mil novecientos ochenta y dos, que es un poema de un niñito cabrón, atormentado por sus demonios chiquillos… narrado en la voz del maestrazo del suspense y la impostación Vincent Price (el mismo que en Los Simpson contesta el teléfono para reponer las patitas del huevo mágico que Marge y Lisa arman mientras Homero hace desmadre en el Super Tazón).

El extra es que, quien subió el video que ahora les pego aquí, le ha puesto subtítulos, para que no se pierda la esencia de la voz de Vincent Price. 

Feliz día del Cuervo Feliz. (Asrael mode).

Se acaba el año.

Hoy, pendejeando en la página del MixUp, un anuncio hizo que me mediocagara en los pinches calzones… Faltan veintisiete días para Navidad.

No mamen. Se acaba el pinche año y se nos viene una pinche temporada de embrutecimiento en todos los aspectos… comercial, consumo, lucecitas, musiquita caguengue, amistades etílicas y fajes de posada.

Se acaba el año, culeros, y parece que, por lo menos en este, el mundo no valió madres.

Ya es lunes…

Después de un fin de semana más largo que mi pistola (neta, neta, neta), ya es lunes.

De nuevo al mundanal caos de tráfico y gente explotándo en sus coches. De nuevo al olor a café desabrído por las mañanas y los desayunos insípidos de los menús que llevan diez años son modificarse. De nuevo a enrojecer los ojos con los pinches imecas y su descendencia culera. De nuevo a todo lo de siempre.

A eso añadan que el Willie va a estar como comadrona de Tlaxcala (ancho, ancho), por los ocho pepinos que le guardaron en el culo a los Tiburones Rojos del Veracruz, (aguante pinche Maurus, aguante, que hasta una docena de pepinos se ha comido su chiclocentro), pues ya valió madre todo.

Me consuela el saber que, desde este espacio y en el pinche imaginativo de la depravada mente que tengo, puedo dedicar a todos una imagen, simple, sencilla, sin pedos, sin más simbolismos que la implícita en ella. Una imagen pura, llana, sin conceptualismos, sin pretensiones… simplemente tengan todos:

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 ¡¡Qué tengan un excelente inicio de semana!! :)

Cambio de casa.

Supongo que el día era esperado, pero no lo querías aceptar. El dolor de cerrar por última vez la puerta de entrada a lo que era tu casa te invadió como una insaciable migraña que en la madrugada se permite escupir los más miserables sueños que has tenido.

Ni modo. Te dolía dejar ese lugar, ese espacio en el que pasaste noches, día y tardes llenas de descanso, acompañado de cerveza, fútbol, lectura, hojas en blanco, café simplón y risas forzadas. Nada de visitas ni nada que tuviera que ver con gente, con personas, con alguien que quisiera acompañarte. Eras un pinche misántropo de lo peor. A veces ni siquiera tú mismo soportabas tu visión en el espejo al cepillarte los dientes por la noche.

La verdad, no tenías la mínima intención de moverte de ese espacio. El lugar estaba cerca de tu trabajo. El transporte era continuo. La renta era justa. Había lonjas en las que podías satisfacer tus antojos por la noche. Los servicios eran seguros y los vecinos unas buenas personas. Esto último, en especial, era por lo que no querías mudarte.

La miraste por primera vez un domingo por la tarde, mientras terminabas de leer el periódico en tu habitación. Viste una silueta moverse y pensaste en salir a saludar a tu vecino, ese que siempre se mostraba amable contigo cuando salías a la azotehuela a fumar uno o dos cigarrillos. Cuando estabas a punto de abrir la puerta, notaste que no era tu vecino, el calvito bonachón, quien estaba ahí.

La visión era casi celestial: vestía jeans desgastados, ajustados, una blusa amarilla y un piercing en el ombligo que se movía desafiante cada vez que subía una prenda al lazo del improvisado tendedero de su casa. La visión continuaba cuando, siendo más minucioso en tu inspección lasiva, notaste que no portaba sostén, y que el frío viento de la tarde enardecía sus pezones, acompañado del cabello suelto con el que jugaba al agacharse y levantarse. Te quedaste petrificado y no atinaste ni siquiera a soltar la puerta. Simplemente mirabas a esa mujer que, en la sencillez de una actividad cotidiana como es colgar su ropa recién lavada, te había provocado una erección que desconcertó tu actividad, tu rutina diaria.

Después de ese día, todas las tardes, subías a esperar por si salía de nuevo la que sabrías después era la sobrina del vecino. Venía de un municipio del sur del Estado y estudiaba Nutrición. No reparabas en el hecho de que tal vez no subiría a diario, pero no te importaba. Estar ahí, esperándola, era mejor que estar tirado en la cama, haciendo zapping con el control de tu televisor. Sólo querías mirar de nuevo ese piercing y ese par de tetas aviesas. Sólo eso y podrías seguir en tu más ramplona misantropía.

Después de mucho tiempo sin éxito en la voyeurista empresa que seguías, te resignaste a encontrar a la mujer sólo de forma casual, ya cuando llegabas a tu domicilio, ya cuando salías por ínsumos. Pero esos encuentros distaban mucho de la excitación que te provocaba la visión primera de su turgente figura. El misterio, la sensación de que estabas haciendo algo prohibido, era lo que alegraba ese momento.

La empresa para la que trabajas, en razón de tu alto desempeño, decidió transferirte a Querétaro. Como si llegar a tiempo todos los días y ejecutar correctamente los programas hechos a modo para la empresa fuera algo complicado. Así que ese fin de semana avisaste a tu casera y comenzaste a empacar tus cosas. Estabas envolviendo en periódicos viejos dos reproducciones de Van Gogh (Mi cuarto en Arlés y La Noche estrellada) cuando escuchaste de nuevo los pasos.

Mirabas por entre las cortinas cuando de nuevo apareció. La exacta visión. La misma blusa amarilla. Los mismos jeans desgastados y ajustados. El mismo piercing en el ombligo. El mismo ardor en la frente que te aquejaba.

Decidiste no sólo mirar. Saliste, llevando entre tus brazos la reproducción de Mi cuarto en Arlés y solemntemente saludaste, diciendo buenas tardes señorita, a lo que correspondío, cubriéndose el vientre de forma púdica. Te disculpaste por la intromisión y te presentaste. Dijiste tu nombre y que te ibas a marchar al día siguiente de ese lugar, pero que querías regalarle esa reproducción, que asemejaba a tu propia habitación. Ella primero se negó. Insististe y tomó en sus manos la reproducción. La miró extrañada y te dijo gracias. Te despediste y entraste a terminar de empacar. Antes de terminar volviste a mirar hacía afuera y ella seguía ahí, mirando la reproducción que le habías regalado, entre prendas suyas recién lavadas. Y no imaginaste mejor escenario para esa despedida.

Al día siguiente, estabas en Querétaro. Lo primero que instalaste fue tu reproductor de discos y programaste Prendas de Algodón. En alguna azotea, seguramente, las volverías a encontrar.

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